05.10.2026

Entrevista a Juan Herreros: ‘Las ciudades medias son el gran espacio para reclamar a la arquitectura que contribuya a mejorar la calidad de vida’

Juan Herreros

El reconocido arquitecto español Juan Herreros —catedrático de la ETSAM, profesor en la Universidad de Columbia y autor de obras tan emblemáticas como el Museo Munch de Oslo o la Torre Woermann de la capital grancanaria— ha inaugurado las ponencias de la XII Semana de la Arquitectura de Las Palmas de Gran Canaria, que se celebran en el Castillo de La Luz hasta el 9 de octubre con el lema de ‘Ciudad Específica’

– ¿Cuáles son los principales retos que debe afrontar una ciudad para que sea más habitable, cohesionada y adaptada a las necesidades de la ciudadanía? – La escala y la cantidad de arquitectura necesaria debería ser analizada con mucha precisión. Ha habido casos en los cuales la arquitectura se ha excedido en su presencia, digamos, y ha habido otros casos en los que la arquitectura era claramente la solución a una situación incompatible con la armonía cotidiana y que sin embargo no se la ha convocado. Hablamos de las ciudades en general, pero pienso en ciudades de tamaño medio, que considero que es donde la arquitectura tiene mayor capacidad de influencia positiva. Las ciudades medias son el gran espacio para reclamar a la arquitectura que contribuya a mejorar la calidad de vida. Y debemos establecer un modelo que reconsidere qué es calidad hoy en día, cuando ya no se define por el uso de materiales caros ni por las grandes avenidas o los edificios suntuosos.

– Ha señalado que la arquitectura debe entenderse como un servicio para las personas que utilizan los espacios. ¿Cómo se lleva eso a la práctica? – Concibo la arquitectura como un servicio a la sociedad, pero no solo a los usuarios de los espacios sino a la ciudadanía en general, que se tropiezan y conviven cotidianamente con lo que hacemos. Y eso se manifiesta en los proyectos en una atención muy cuidada al entorno y en una cantidad de preguntas que hay que hacerse constantemente sobre quién lo usa, cómo lo usa y, también, por qué no lo usa quien no lo hace. Se trata de ser lo más universales posible y establecer el contacto más directo entre la obra y las personas. La arquitectura no se entiende solo por las funciones que tienen los edificios, sino que se vive también a través de sentidos como el tacto, el oido o la vista.

– ¿Cómo definir urbanísticamente enclaves singulares con características tan específicas como son una densidad muy alta y una superficie reducida, como el Istmo y la zona Puerto-Canteras? – A primera vista, una densidad muy alta, en un espacio reducido y con una acumulación de capas socioeconómicas es un caso ideal para hacer arquitectura. Todos queremos esos lugares para operar en ellos y para transformarlos. Pero, al cabo del tiempo, en lo que tenemos que fijarnos es si ha habido proyectos a largo plazo. Las transformaciones se producen en décadas, por eso pensar con perspectiva es lo único que crea la ciudad que queremos para vivir.

– Haciendo memoria, con la Torre Woermann el proceso previo fue controvertido, y sin embargo hoy en día es un elemento arquitectónico integrado en la ciudad. ¿Está abocada la arquitectura de transformación a crear en un ambiente de confrontación? – La arquitectura se produce en el contexto del diálogo, más que confrontación, entre diferentes elementos y en el que el arquitecto es simplemente uno más. Es importante observar que, normalmente, cuando se genera oposición social a un proyecto, como la ópera de Sidney, el Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao o el Museo Munch de Oslo que también la tuvo, por lo general es hacia arquitectos de fuera de esa ciudad. Sin embargo, creo que esa mirada del forastero implicado con el entorno le da a ciertas arquitecturas un valor muy grande. No es una cuestión de tener razón, sino de hacer una descripción diferente en su momento y que con el tiempo se vea que tenía un sentido.

– En ese sentido, usted practica una arquitectura que estudia las condiciones específicas de cada lugar para aportar luego una mirada distinta, que no pasa desapercibida, como el Museo Munch de Oslo. – Todo lugar tiene una historia que debe ser contada. La manera en que atendemos a las condiciones específicas de una ciudad parte siempre de un esfuerzo por entender lo que no se ve. Pero no nos integramos con los lenguajes históricos del lugar, tratamos de dar una respuesta muy contemporánea pero que la gente, al verla, sienta que le representa.

– Vivimos en un contexto de cambios sociales, climáticos y tecnológicos que cuestionan muchas de las formas tradicionales de construir. ¿Cómo se traduce esa incertidumbre a la hora de proyectar? – La arquitectura siempre ha atendido a las coordinadas de su presente. Vivimos en un momento de aceleradísima transformación pero creo que el sismógrafo está bastante bien afinado. La actualidad nos lleva a construir, pensar y a posicionarnos como arquitectos de una manera distinta a como lo hacíamos hace 30 años, tenemos que ir al ritmo de los tiempos. La sensibilidad medioambiental, las inquietudes sociales o la integración de todos los grupos ciudadanos son cuestiones en las que tiene que pensar un arquitecto haga lo que haga, sea el proyecto del tamaño que sea. Las generaciones más jóvenes lo tienen muy claro.

– Usted defiende la arquitectura como una elemento de transformación social ¿cómo se articula? – Siento que hoy en día hay una cantidad enorme de cuestiones sociales, ambientales y económicas en las ciudades que la arquitectura está perfectamente preparada para contribuir a mejorar. Hay quienes tienen que hacer otro trabajo, político, económico, por supuesto; pero la integración de realidades complejas tiene que ser multidisciplinar y en esa mesa debe estar también la arquitectura.